No puedo decir que sea un admirador de Ventura Pons. De hecho, siempre me ha parecido que su obra suele adolecer de cierto localismo provinciano, y que de alguna manera esconde algunos de los eternos complejos (nunca he tenido muy claro si de superioridad, de inferioridad o mitad y mitad) de la cultura catalana, permanentemente empeñada en marcar unas diferencias a veces ficticias con la del resto del país.
En cualquier caso, y precisamente por ese afán individualizador, el director catalán siempre ha estado a la vanguardia en cuanto a técnicas narrativas y técnicas de rodaje, lo que por otras parte siempre despierta la curiosidad del aficionado.
Amor idiota narra la historia de un hombre de clase media, profesor, que una noche tropieza por casualidad con una mujer que trabaja colgando carteles anunciadores de las farolas, y se enamora perdidamente de ella, llegando a cometer tropelías por acercarse a su amada.
La interpretación de Cayetana Guillén Cuervo es, como diría Risto Mejide, plana, mientras que Santi Millán no creo que sea un actor tan digno de encomio como últimamente parecen empeñados en hacernos creer. En cualquier caso, la presentadora de Versión Española posee un innegable atractivo que parece mantenerse inmutable con los años y con el que dota de una dosis especial de morbo a las escenas comprometidas de sexo que siempre están presentes en las películas de Ventura Pons.
En el aspecto técnico, parece excesivo, hasta el punto de marear, el uso del zoom y los cambios brusco de planos, y también se puede apreciar cierto abuso de la narración en primera persona con sus mensajitos pseudofilosóficos. Al guión no se le puede negar que está impregnado de la agilidad propia de su director, aunque adolezca de absurdo por momentos.
En general, una película en la que lo bueno y lo malo casi se pueden equiparar, y cuyo visionado no supondrá una pérdida de tiempo pero tampoco aportará excesiva satisfacción al espectador.