Discurso interno: Sodenbergh gana unos dólares para financiarse el cine indie, sus caprichos, las ensoñaciones que no patrocina nadie. Schizopolis o Bubble, que no he visto, son (en sus palabras) el cine que le gusta hacer. Éste no le incomoda, pero se deja contaminar por la apatía y, al final, exhibe su mediocridad. A medida que avanza el metraje, razonamos que no va a haber climax, que el robo va a ser un bluff, que los personajes están cansados y que los actores parecen una panda de amigos que han sido colocados en mitad del oropel de los casinos y de las luces brillantes para embolsarse unas perras al tiempo que disfrutan de lo mucho que se quieren. El tono simplista de este divertimento no obvia algunos momentos brillantes (Matt Damon en el papel de narigudo secretario de un chino dueño de un espacio aéreo o Clooney y Pitt enternecidos ante un programa de Ophra en la televisión), aunque los momentos lastimosamente almacenados en la memoria son los malos: un Al Pacino sin motivación, un plan de robo sin gracia ni objeto, un Andy García mecánico y huidizo.
Discurso externo: Sodenbergh pierde nombradía. El cine alimenticio que Clint Eastwood o Steven Spielberg o Francis Ford Coppola han hecho siempre también puede estar aquí representado. Sodenbergh puede permitirse estos exabruptos industriales, pero su cine serio, el que le gusta, tampoco es para tirar cohetes.