“La idea de El Séptimo Sello me vino contemplando los motivos de pinturas medievales: los juglares, la peste, los flagelantes, la muerte que juega ajedrez, las hogueras para quemar a las brujas y las Cruzadas. Esta película no pretende ser una imagen realista de Suecia en la Edad Media. Es un intento de poesía moderna, que traduce las experiencias vitales de un hombre moderno en una forma que trata muy libremente los hechos medievales. En mi película el caballero regresa de las Cruzadas, como hoy un soldado regresa de la guerra. En el Medievo los hombres vivían en el temor de la peste. Hoy viven en el temor de la bomba atómica. El Séptimo Sello es una alegoría con un tema muy sencillo: el hombre, su eterna búsqueda de Dios y la muerte como única seguridad. Cuando era niño acompañaba muchas veces a mi padre cuando tenía que ir a presidir el servicio religioso en las pequeñas iglesias aldeanas de los alrededores de Estocolmo. Para mí eran fiestas. En bicicleta viajábamos por los campos primaverales. Mi padre me enseñaba los nombres de las flores, de los árboles y de los pájaros. Pasábamos el día juntos, sin ser molestados por la vida ruidosa. El pequeño niño que yo era entonces, pensaba que la predicación era asunto de los adultos. Mientras que mi padre predicaba desde el púlpito y la congregación de los fieles rezaba, cantaba o ponía atención, yo concentraba toda mi atención en el misterioso mundo de la iglesia: sobre las bajas bóvedas, los gruesos muros, el aroma de la eternidad, la luz solar vibrante y de vivos colores sobre la extraña vegetación delas pinturas medievales y de las esculturas sobre los techos y paredes. Había todo lo que la fantasía podía desear: ángeles, santos, dragones, profetas, demonios, niños. Había animales aterradores como la serpiente del paraíso, la burra de Balaam, la ballena de Jonás, el águila del Apocalipsis.
Todo rodeado de un paisaje, celestial, terreno y submarino, hundido en una extraña belleza que, sin embargo, era bien conocida. En un bosque estaba la muerte sentada y jugaba ajedrez con el caballero. Un personaje desnudo con los ojos muy abiertos se agarraba a las ramas de un árbol, mientras que abajo la muerte serraba el tronco con dedicación. En el horizonte de las colinas suavemente curvadas la muerte conducía la última danza hacia el valle de las tinieblas. En otra representación la Virgen María llevaba al NiñoJesús de la mano por un jardín de rosas. Sus manos eran como las de una campesina, su rostro serio sobre su cabeza batían las alas de los pájaros.
Los pintores del Medioevo reprodujeron todo eso con gran sensibilidad y con gran comprensión artística y con una gran alegría. Todo ello me impresionaba de un modo muy directo y efectivo y este mundo se me hizo tan normal como mi ambiente cotidiano con padre, madre y hermanos. Por el contrario, me defendía contra el drama siniestro que sospechaba cuando contemplaba la imagen de la crucifixión en el coro. Me dominaba la horrible crueldad y el sufrimiento sin medida. Sólo mucho más tarde la fe y la duda se convirtieron en mis fieles compañeros de camino. Con mi película quería pintar como un pintor medieval, con el mismo compromiso objetivo, la misma sensibilidad y la misma alegría. Mis personajes ríen, lloran, gritan, tienen miedo, hablan, responden, juegan, sufren, buscan. Su horror es la peste, el Juicio Final. Nuestro horror es diferente, pero las palabras son las mismas. Nuestra pregunta continúa. La admirable calidad visual es, obviamente, la fuerza peculiar del film"
El séptimo sello es un hito, dejémoslo así. El arte y la inteligencia entablan de vez en cuando partidas interminables. Una de ellas alumbró este prodigio. No hay argumentos que yo ahora pueda escoger para contrariar a nadie que haya ensalzado, hasta el paroxismo crítico, la película del maestro sueco. Contrariamente al tópico patentado por los espectadores que no supieron entrar en el juego de complicidades y pactos secretos de la obra de BErgman, aquí todo entretiene: las imágenes tienen la fuerza dramática suficiente como para encender todas las luminarias del asombro. La teatralidad no es boscosa, el engranaje discursivo no sofoca, el libreto estrictamente lingüístico jamás enturbia su fluidez con diálogos innecesarios y todo, muy finalmente, se deja mecer por un poso de metafísica accesible, ésa que – en ocasiones – crea el autor a sabiendas de que una parte considerable del público va a rechazar, de plano, su mensaje. Por oscuro. Por encriptado.
Tampoco llegaríamos ahora, veinte años después. Entonces me entregaba con arrobo a la polémica. Ahora me basta mi silencio y algunas certidumbres que no precisan propaganda. Bergman produce aturdimiento. Ahora que he vuelto a ver la cinta para escribir estas líneas, he entendido la bondad absoluta del cine. Su diáfano mensaje. El caballero y el escudero que fatigan su desolado país están anestesiados por la visión del Infierno. Como cualquiera.