Ese plus de entretenimiento lo tiene antes de que sus abnegados operarios desplieguen el magnífico atrezzo y se metan en algún laboratorio high-tech para que millones de cangrejos blancos muevan un barco por la arena del desierto, en la que es (con diferencia) la mejor escena de la cinta y casi de la completa serie, al menos para este cronista ya talludito, claro.
No puede uno acudir al cine con la certeza de que va a pasar un rato malo. En todo caso, salvo que tengamos la edad de mi hijo (diez años) vamos a perder – dicho con la boca pequeña – dos horas de nuestro siempre precioso tiempo, que bien podríamos haber consagrado a admirar la pureza granítica del Bogart de su mejor serie negra de los cuarenta o el magisterio de Siodmak a la hora de convertir un vulgar melodrama de fotonovela (Sólo el cielo lo sabe, Imitación a la vida) en un prodigio dramático digno de la mejor cultura clásica. Pero no desabarremos y regresemos al cangrejo nervioso y al engaño filibustero, al guión resbaladizo y al excesivo (cargante) acúmulo de historias ramificadas que, a la postre, enturbian una más sencilla comprensión del material narrativo primario. Al fin y al cabo, estamos ante una película hecha para adolescentes. ¿ O no es verdaderamente así?
La meritoria fascinación de las imágenes anulan toda minúscula reticencia. Hay escenas de una plasticidad sobrecogedora, dignas de perdurar en la memoria de cinéfilos sin prejuicios y público menos exigente, en general. Quisiera yo ( y a veces cuesta, lo sé) ser espectadora de más fácil contento. El barco en la arena, el sampán volando entre las estrellas o las ánimas condenadas que navegan en chalupas por un oscuro mar lleno de ululantes presagios y misterios maravillosos, dialogando con los vivos, son pastillitas con mucho saber en esta larguísima colección de retales que acaban, por obra de un montador iluminado y un directo ciertamente responsable, en una película pasable, discretamente pasable, cuando (a la vista de lo aquí expuesto y sentido) podría ser un rollo monumental, una afrenta al cine de aventuras y un desprestigio a la inteligencia de esos adolescentes que pagan religiosamente un buen puñado de euros para que la Industria (ese ente cuasifantasmagórico) le moldee la imaginación y les construya, a falta de Julio Verne, Robert Louis Stevenson o Emilio Salgari, un inventario accesible de héroes.
Toda la gran maquinaria de efectos especiales y el alambicado humor que trompicaba genuino y juguetón los argumentos de las anteriores entregas mengua aquí escandalosamente. No existe continuidad, pero sí cierta complicidad. Quienes no hayan visto esas cintas muy mal lo llevan para meterse en la piel (costras y pústulas, si se prefiere) de ésta. Fue tal vez mi caso. Me perdí en la historia y tuve que ser rescatado en varios ocasiones para reencontrarme con la trama y llegar airoso al final, tan grato siempre.
La identificación con los personajes (cimiento de toda literatura infantil o juvenil de calidad) pierde el fuelle de antaño. Sparrow, el jocoso y bufonesco capitán, ha sido desdibujado y carece ya de ese perfil gamberro, histriónico y locuaz y hasta la damisela de alcurnia que deviene pirata que interpreta sosamente Keira Knightley está perdida, a pesar de su buen fajo de líneas, en una trama farragosa, en deuda excesiva con la historia que la fragua y reducida a un fracturado compendio de sketches solventes, pero inevitablemente aburridos.
Hay una voluntad de sofisticación que anula los mecanismos primarios del cine de piratas, impregnando el conjunto de una tal vez poco prudente tendencia al espectáculo grandioso sin atender al espíritu elemental de las cosas, a cierta sencillez muy conveniente para entusiasmar, sin agobiar, para entretener, sin quebrar la paciencia del espectador.
La trilogía finiquita aquí su periplo por taquilla y por escaparates de juguetería. La explotación comercial no finaliza: el pirata prosigue su andadura por los mares de la ganancia y la forja de un mito. Las épicas funcionan ahora de otra manera: se adscriben a lenguajes menos líricos, aunque de una contundencia plástica brutal, carente de referentes sólidos y basados en modelos literarios de altura, sustentados en enmarañadas intrigas que estrangulan la fluidez de la trama y obstruyen toda posibilidad de verdadera disfrute.
Mención última y mención aparte es la presencia inquietante del mítico guitarrista de los Rolling Stones, Keith Richards, que acudió al set de rodaje ebrio y poco dúctil a dejarse llevar por las órdenes del director. ¿Qué querían?