Juno no es la joven adolescente media estadounidense. Juno es madura, cínica, irónica y tiene una concepción del mundo muy diferente al resto de sus compañeros: partiendo de sus referencias culturales (musicales, cinéfilas y literarias), pasando por el tipo de chico que le gusta y acabando con la relación familiar que tiene con su madrastra y su padre. Juno, la película y la protagonista, parecen llegar a las pantallas con la sana intención de remover todo lo establecido, romper moldes y estereotipos para demostrar que lo diferente también existe y que, además, es mucho mejor que lo habitual. Esta diferenciación la provoca el inteligente trabajo de la guionista Diablo Cody (contratada ya por Spielberg para firmar su próximo proyecto televisivo) quien sabe plasmar en su personaje ese punto de vista outsider de quien no ha llevado una vida prototípica. Sus diálogos, ácidos e inteligentes, son el gran punto de partida de la película, y están apoyados por la excelente interpretación de Ellen Page, quien ya demostró con Hard Candy que su talento es proporcionalmente inverso a su edad.
Si bien Juno parte de una buena base de guión y de una interpretación que le da la vez, la dirección de Reitman se torna invisible en ese “querer demostrar” que lo diferente es de gran valía. Todo lo ingenioso del guión subyace en la película porque la dirección se lo permite al cederle todo el protagonismo y optar por una construcción de la película a través de la dirección invisible. Algo que, si bien se puede mirar como un reconocimiento del director al guión (al más puro estilo Hawks) también se puede entender como una incapacidad directiva de darle a ese guión una forma que también fuera acorde con el espíritu de la película. Se echa de menos el atrevimiento de Reitman en ese aspecto, pero la película consigue entretener y mirar a los ojos a un público cansado de comedias insulsas con espíritu infantil.