Se trata del filme-llave del realizador de Calanda; aquel que, gracias a su éxito internacional (premio en el festival de Cannes incluido), le proporcionó la confianza de los productores y le permitió dirigir, con cierta regularidad y brillantez, mas de una decena de largometrajes en su exilio mejicano.
La cinta relata las desventuras de un grupo de niños pobres, algunos sin hogar o abandonados por sus propios padres, delincuentes la mayoría de ellos. Se sitúa en la línea de tantas otras películas de corte neorrealista, como Día tras día (de Antonio del Amo, 1951), pero no tan políticamente correcta como ella ni en su contenido ni en la forma de la realización.
Y es que mientras la cinta de Del Amo se podría incluir en el cine religioso de la época, con personajes intrínsecamente buenos, en un entorno de miseria que les obligaba a delinquir –el mérito de esa obra era precisamente la osadía del director al retratar con realismo la situación lamentable del régimen franquista en la posguerra-, en Los Olvidados ninguno de los protagonistas es completamente bondadoso; la mayoría tienen su lado oscuro por el que se mueve Buñuel como pez en el agua. Desde la madre que “tontea” con uno de los jóvenes, hasta el ciego que intenta abusar de una menor, pasando por los jóvenes delincuentes que no soportan que uno de ellos se vuelva por el buen camino, todos son presentados por el genial cineasta con sórdida crudeza y sin ningún recato.

Las películas de los años cincuenta podrían clasificarse en dos grandes grupos: las que inevitablemente han envejecido con los años y esas otras que, debido a su calidad, permanecen vigentes. Si se me permite yo incluiría una tercera clase, aquellas que se estrenaron con medio siglo de antelación; las realizadas por Luis Buñuel.