Siempre nos quedará el cine para cristalizar los sueños que nuestro tiempo histórico nos niega. Siempre habrá gente con talento como el joven Eran Kolirin que acerquen realidades insólitas bajo el prisma del humor que no sabe de fronteras. Su excelente ópera prima aboga por la comunicación entre los pueblos tendiendo el puente de la música como lenguaje mediador. Nacido en Israel, el director nos habla con la voz de un egipcio y el sentimiento de los hebreos, o viceversa. Y en medio, las notas del seductor My Funny Valentine, o cómo el jazz genuiamente americano aterriza en el desierto.
LA BANDA NOS VISITA ha sido la sorpresa del cine europeo de los últimos meses. Avalada con premios y gran apoyo crítico, desarrolla en imágenes austeras, de reposado lirismo, una historia que tiene en su sencillez su poder de conquista. La banda del título, sección musical de la policía egipcia, recala por error en un perdido pueblo del desierto israelí del Neguev, viéndose obligada a convivir durante una noche con los lugareños y dando pie a situaciones tan cómicas como emotivas. Desde la atalaya de una infranqueable humildad, este pequeño relato despliega su arsenal de situaciones agridulces sin levantar la voz,

con absoluto cariño hacia personajes deliciosos, forzados a comunicarse, incluso tentados a sentir aprecio mutuo, por encima de brechas idiomáticas y teóricas divergencias políticas. Eso queda para los grandes estrategas -parece dejar entender Kolirin-, es misión de aquéllos que gobiernan, quienes ignoran sin duda las paradojas que la realidad revela.



Gran legado hecho magia por Kolirin en pleno siglo XXI, la pura magia del cine que aún permite identificarnos, hasta conmovernos con diminutos trozos de la vida. LA BANDA NOS VISITA reivindica la fuerza de las relaciones humanas transparentes, sin contaminar por hermetismos lingüísticos, con la expresividad que el lenguaje musical detenta, universal instrumento de entendimiento y poderoso recurso para que brote el cruce de emociones. Es una obra de irresistible encanto, que nos habla en árabe, también en hebreo, y, cómo no, en inglés, el idioma estándar que acaba desconociendo peajes y ante cuyo imperialismo se pliega hasta el más recóndito habitante.
Y también causa última aducida por la santa inquisición de Hollywood para rechazarla como posible ganadora del premio a la mejor película de habla no inglesa. Qué cosas.
La película se nutre de referencias a la sonoridad del idioma, a la cautivadora musicalidad de la lengua autóctona, a veces el único medio para desnudarse ante los demás. Qué mejor excusa dramática que una banda de música institucional para contarnos un honesto cuento sobre el valor de las tradiciones y el peso de las raíces como herramientas de conciliación. Eran Kolirin se abre camino con una película naturalista, de temple sosegado, cimentada en instintos tan globalizados que los hacemos nuestros, con la irónica inteligencia de quien habla sin complejos, libremente, ajeno a los conflictos que llenan de infamia lugares perdidos como éste. 