La razón por la que el western es uno de los géneros más interesantes para el cinéfilo apasionado -y para el estudioso de la historia del cine-, puede que resida, entre otras cosas, en su constante evolución. Las aventuras del Oeste, las posteriores películas psicológicas, los spaguetti western o los western crepusculares, en algún momento han estado presentes en las pantallas de todo el mundo. De la última variante es de la que vamos a tratar hoy, ya que El valle del fugitivo es una de sus cintas más representativas.
Lo primero que hace el director es avisarnos del tono crepuscular de la película: justo después de los créditos, un automóvil (estamos en el año 1909) casi atropella a Willie Boy cuando éste se dirige al campamento. El inevitable progreso pide paso a los pocos nativos que quedan y, entre ellos, al único rebelde.
Abraham Polonsky no sólo maneja con habilidad la puesta en escena si no que escribe unos diálogos que encajan perfectamente en el tono de la cinta, no en vano comenzó su carrera como guionista de algunas películas muy aclamadas del cine negro. “Tu padre tuvo suerte, murió cuando aún merecía la pena vivir”, es una frase lapidaria que en algún momento le dicen a Cooper. Está claro que los buenos tiempos han pasado y el realizador se encarga de recordárnoslo.
El valle del fugitivo tiene una doble lectura si consideramos el largometraje como una especie de revancha contra la famosa “Caza de brujas” (el propio Polonsky la sufrió y le tuvo apartado del trabajo muchos años). Puede que así sea, que Willie Boy represente al perseguido por el comité de asuntos antinorteamericanos: indio renegado, sucio, siempre a pie, rebelde y sin escapatoria posible; y el sheriff Cooper a la administración estadounidense: blanco, rubio, bien parecido, siempre a caballo, impecable, pero de moral más que dudosa. ¿Demasiado evidente? Quizás, pero no deja de tener su atractivo y, lo que es más importante, refuerza la tesis del director consiguiendo que se mantenga vigente hoy en día. Sólo tenemos que hacer extensiva dicha simbología a cualquier injusticia o discriminación avalada por algunos gobiernos. Seguro que al lector se le ocurre más de una.