Después de contemplar la última obra de este realizador tan personal e intransferible, el espectador ya no puede requerir más certezas acerca del carácter militante de su cine, aunque se maquille éste con la indiscreta fisicalidad del género por el que opta. Y es que su elección del terror o la ciencia-ficción es algo más que circunstancial, ya que le sirven al milímetro para vestir lo que quiere mostrar. No se confunda con de-mostrar, porque Shyamalan, pese a su trasfondo discursivo, no busca captar fieles ni defender ideas más o menos consolidadas. Precisamente su narración se asienta sobre el reconocimiento de la incertidumbre como detonante de una necesaria reforma del mapa emocional de sus personajes. Quien haya seguido su filmografía notará el aire de familia que presiden todas y cada una de sus películas. En todas ellas el género se instrumentaliza para crear textura, para referenciar la inquietud emocional que alienta a sus protagonistas. No es de extrañar que los aficionados a estos géneros vean a menudo el cine del indio como un sucedáneo sin proteínas, o que el adicto a los dramas con carga de profundidad se despiste entre tanto suicidio.
El incidente posee así dos planos hermenéuticos. Uno emocional o psicológico, y el otro político (o medioambiental). De hecho, toda su filmografía se escribe sobre esta lectura bifronte.
Shyamalan profetiza y sentencia un aviso para navegantes. El mundo occidental está atravesando una crisis que vertebra no sólo el ámbito de las relaciones interpersonales, sino también el más fáctico e inmediato. Este estado de cosas se expresa de forma violenta en el deterioro medioambiental y sus efectos destructivos sobre la población y el ecosistema. En El incidente no se disimula una cierta metáfora sobre la naturaleza que avisa a los seres humanos de su potencial autodestructivo (el mismo suicidio deviene en metáfora de lo que nuestra especie hace consigo misma). Ahora bien, será en ese área de las emociones y su potencial para generar espacios no destructivos y sí solidarios (ya lo pudimos comprobar en la propuesta de comunidad unida frente a las adversidades en La joven del agua) donde se ilumina la medicina a este holocausto. En nada puede ayudar la atomización del individuo bajo la masa tecnificada de las grandes ciudades, ni tampoco el aislamiento en la nostalgia de lo rural, que sospecha de lo diferente como agente patógeno. Hay que reinventarse y reinventar nuestra relación con los otros, potenciar el tejido social inmediato, no mediatizado por la cultura institucionalizada que convierte lo espontáneo en moneda publicitaria. Sin embargo, el realizador de El sexto sentido -ésta es su sabia virtud- no sólo articula un discurso. También nos ofrece un paciente ejercicio de buen hacer en las escenas de terror, las cuales se coreografían con un sentido del ritmo inteligente, dosificado, como un veneno que vemos cómo va inoculándose en los personajes hasta un final que, huyendo del optimismo, nos mantiene en la incertidumbre. Impagable esas escenas iniciales, pero aún más terrorífica la escena en el coche, con esa raja en el capó, vibrando, augurando la desgracia, pese al consuelo inocuo de un juego matemático.
Por cierto, ya sabéis que Shyamalan aparece en todas sus películas, haciendo un cameo hiperbreve. Esta vez es más difícil de localizar. Fijaros en la escena de los ahorcados a la entrada de Princeton.