Confieso mi adicción por una de las tres grandiosas actrices que protagonizan BONNEVILLE, título espantosamente virado a EL VIAJE DE NUESTRA VIDA por las consabidas artimañas comerciales. La presencia de Jessica Lange fue una razón que pesó a la hora de ver lo que sonaba a historia mil veces vista y con escasas novedades en el planteamiento. Junto a Kathy Bates y Joan Allen lleva el peso de una sencilla comedia dramática que los debutantes Christopher N. Rowley -director- y Daniel D. Davis -guionista- construyen bajo los parámetros de una road movie sexagenaria y libertina, tan amable como falta de pretensiones.
El trayecto por las arterias sureñas de EE.UU reúne a tres amigas talluditas que transportan las cenizas del difunto amante de una de ellas hasta Palm Springs. La película juega la baza de una narración eficaz, ajustada al esquema de este
subgénero tan propicio para el desarme emocional y el autodescubrimiento de quien emprende el viaje. Un filón que la industria americana ha sabido explotar desde míticas épocas hasta la actualidad, mostrando la amplitud del espacio físico como metáfora cálida o terrible, cáustica o enternecedora de un viaje interior igualmente iniciático, revelador de diversos modos de ver el mundo.
Lange, Bates y Allen hacen lo propio en un relato honesto, que pinta con mimo sus personajes y nos conduce por la ironía, la ternura, la melancolía, todas las capas de la emoción garantes de éxito. Bajo formas en exceso convencionales, el relato no deslumbra pero mantiene el interés por las tres mujeres, con los necesarias escenas de intimidad entre ellas y un sector masculino que caerá a sus pies -el joven Víctor Rasuk, a la sombra del Brad Pitt que enloqueció a Geena Davis, y un espléndido Tom Skerritt-.

Para el recuerdo, todas las escenas en que una compungida Jessica Lange busca la soledad frente a la belleza del paisaje. No le hace falta mucho a la de Minessotta para tendernos el puente hasta su dolor. La invitación de una gran dama que sólo un idiota podría rechazar.