Dominique Lapierre y Larry Collins se aliaron en los años 60 para formar una de las matrimonios literarios más rentables. Sus obras, traducidas a múltiples idiomas, se ajustan al desprestigiado concepto de best seller tamizado por un sentido políticamente correcto de la conciencia social. Son asuntos que muestran sus flecos políticos y humanos con un estilo literario bastante cinematográfico, buenas narraciones que no se desvirtúan en su traslación visual.
OH JERUSALÉN es de esas historias necesarias, no ya para calibrar nuestro sentido ético, sino para entender una
realidad histórica que lleva indigestándonos el almuerzo demasiado tiempo. Lo cierto es que se ha hecho esperar la adaptación al cine, firmada por Elie Chouraqui, quien ya nos hablara de guerra y amor, del amor en la guerra en la interesante LAS FLORES DE HARRISON (2001). Ian Holm, JJ Feild, Saïd Taghmaoui, Patrick Bruel y Maria Papas forman el reparto internacional de este relato sobre la amistad de dos jóvenes -un judío norteamericano y un árabe- durante los años convulsos que vieron nacer el estado de Israel.
-y más tarde contendientes-, convirtiéndolos en meros esquemas, doblegándolos al servicio del drama que se sirve. Chouraqui, a cuatro manos junto a Didier Le Pêcheur, ha ordenado el guión como sucesión de los hechos cronológicos que llevaron al enfrentamiento entre ambas culturas, dando la sensación global de bloques episódicos muy válidos como documento histórico, pero pobre en el tipismo del dibujo humano que contienen.
de los personajes. Se acerca en este sentido a la reciente COMETAS EN EL CIELO (Marc Forster, 2007) -también basada en una novela-, que ocultaba su insalvable mediocridad bajo las vestiduras de un melodrama ripeado de tierna condescendencia, de ideal factura para la taquilla, a lo Spielberg con turbante y fanatismos.
difuminado, con un sustento ideológico transmutado en pura aberración con el paso de los años. La secuencia en la casa materna del joven palestino explica, con toda riqueza idiomática, lo grotesco de esta guerra entre vecinos sin que un final se divise en el horizonte.