Elprimerhombre ha vuelto a entretenerse con El baile de los vampiros, de Roman Polanski, una película que se basa plenamente en su carismática pareja protagonista, consiguiendo inteligentes gags con sus buenas interpretaciones.
Ya desde el inicio nos damos cuenta de que Polanski tiene claras sus intenciones, cambiando el león de la Metro por un dibujo de un vampiro (un poco cutre a decir verdad), seguido de unas letras de crédito escritas a mano, estilizadas con un cierto tenebrismo (las podría firmar el mismo Tim Burton), mientras una gota de sangre va cayendo entre los diferentes nombres que completan la película. Todo esto con una música de coros de lamento, idea del compositor polaco Krzysztof Komeda, que logra durante el desarrollo del film varios ambientes con composiciones originales, tanto para los momentos cómicos como para los "terroríficos". Komeda ya había trabajado con Polanski en varios cortos y en el Cuchillo en el agua (1962), Cul-de-Sac (aquí Callejón sin salida, 1966), y posteriormente repitió en La semilla del diablo (1968). El vestuario es otro gran punto a favor, consiguiendo grandes contrastes como el de la ropa del profesor y su discípulo, y la decoración que aparece en la película da un valor considerable a la historia. No es de menospreciar que se ha llegado a decir que el ambiente realizado en este film supera a varios facturados por la Hammer.
Y llegado a este punto, queda por resaltar la pareja protagonista, con ese Jack Mac Gowran, clavado a Einstein, que parece ser un portento de la comedia, siendo poco aprovechable su talento en esta película, junto con un Polanski que no se queda para nada corto (y quién diría que en aquel tiempo tenía 34 años), cuya creación del personaje es realmente portentosa, con gags tan memorables como el que se produce en la escena en la que huye del hijo del Conde.
Pero mi decepción al volver a ver este film se ha producido a causa de un ritmo demasiado pausado, con silencios bastante largos por momentos, añadiéndole el no saber rematar la jugada en las escenas vampíricas del castillo, convirtiéndose realmente en lo más pobre de la película. El personaje del Conde está bastante logrado pero casi no parece tener importancia en la última parte del film, con un baile de vampiros que obtiene su mayor interés en el gag donde aparecen Ambrosius y Alfred vestidos de época. Y aunque el hacer esta película es un hecho admirable, ya que en esos momentos era una época gloriosa para la Hammer, es una lástima que el objetivo para mí no resulte del todo convincente.
En definitiva, una película que consigue ser una comedia seria sobre vampiros sin caer en el absurdo, con muy buenas intenciones, pero que se queda a medio camino, faltándole algo más de miga en su contenido.
Un saludo!