Película algo desigual del gran director de comedias Gregory La Cava, que sin embargo se recuerda con agrado debido a varias circunstancias:
En primer lugar, aunque la trama es costumbrista –ambientada en los años de la Gran Depresión-, no ha envejecido mal. La culpa la tienen los propios ciclos de la economía que se encargan de recuperar una y otra vez (por desgracia) la misma situación: personas en paro; problemas en las empresas, presionadas por la propia crisis y los sindicatos; y avalanchas de personas en la calle y en los parques, disputándose los pocos bancos que hay, sin otra cosa mejor que hacer que escuchar las bandas de música por la gratuidad de dicha diversión.
También está muy conseguido el clásico enfrentamiento entre clases. La Cava, verdadero especialista en el tema, dirige a Ginger Rogers que interpreta a una mujer sin empleo contratada por un millonario en crisis (Walter Connolly). El empresario le propone que se haga pasar por su amante y se convierta en el revulsivo necesario para que su familia reaccione. Esta pareja, más el habitual mayordomo confidente y un chofer revolucionario, hacen que se sucedan situaciones bastante divertidas.
Pero la cinta esconde varias trampas. Por un lado puede entroncarse con aquellas screw-ball comedys de los años treinta, por la situación disparatada y algunos diálogos aislados propios de ese humor alocado tan característico; pero la realidad es que se acerca casi más al drama social que a la comedia. Por otra parte la pareja Connelly-Rogers ceden mucho de su protagonismo en beneficio de la familia: la madre y sus dos hijos. Estos personajes secundarios (donde destaca un jovencísimo Tim Holt) se convierten en la razón de ser del filme, cuyo objetivo es mostrar paulatinamente el cambio que experimentan sus vidas tras la aparición de la supuesta amante.