Jonathan English libra su propia batalla. Sangrienta y sobrecargada de violencia gratuita, tan extrema que la sangre salpica literalmente la pantalla. Su destemplada historia de épica ancestral y de estética digitalizada al más puro ‘300’ de Zack Snyder, no sirve nada más que para justificar unos acartonados personajes.
El templario (encarnado por James Purefoy, algo así como un Hugh Jackman sacado de Disney Channel) es una especie de William Wallace, pero con una descortesía y subordinación que rozan lo absurdo. Y ese rey llamado Juan sin Tierra encarnado por un descentrado Paul Giamatti, quién reclutó un ejército de mercenarios para eliminar a quienes habían firmado la Carta Magna que limitaba los poderes del monarca. Lo peor sin duda son sus batallas. La acción es filmada con una cámara enferma de parkinson y tambaleante que no deja apreciar con nitidez los espadazos descuartizando al enemigo. ‘Ironclad’, con ciertos altibajos narrativos, consigue recrear unos tiempos de brutalidad y oscuridad medieval.