Remakes, homenajes, copias, plagios… todas estas palabras entran en el vocabulario de un cine cada vez más saturado de ideas repetidas y recuperación de estilos y argumentos. Steven Soderbergh, que parece que hace lo que quiere, ahora nos vende una película de presumible corte clásico simplemente porque usa el blanco y negro y una música inspirada en grandes partituras de otros tiempos cinematográficos.
La rocambolesca trama de esta película pintada con blanco y negro y unos actores intentando emular al cine americano de la “época Casablanca” parece que son el único reclamo de un director acostumbrado a hacer lo que quiere.
Recuperar las cortinillas, la música de rica orquestación y una fotografía en blanco y negro para disfrazar una historia de conspiraciones y secretos no sirve para hacer una película medianamente interesante. De hecho, todo ese estilo que pretende envolver la película como un “clásico” choca frontalmente con muchísimos aspectos interpretativos y de puesta en escena.
Una película que se hace pesada y que canta a copia cutre de estilo de aquellos años de gran cine. Hace falta empapar mucho más la película en la esencia de aquel cine.
A destacar, como siempre, la gran labor de Cate Blanchett y el loabl intento de Thomas Newman por hacer sonar unas notas acorde con el estilo que el director ha impuesto.