Harry Potter marcó un punto de inflexión en el cine juvenil, ya que no sólo supuso un éxito sin precedentes en este género, sino que también abrió el camino a un sin fin de producciones basadas en la literatura fantástica. Los americanos, que de cine poquito pero de visión comercial van sobrados, participaron desde el principio en el proyecto basado en las novelas de J.K. Rowling, intuyendo el potencial de desarrollo de las aventuras del joven mago. Siete años más tarde, J.K. Rowling es la primera mujer que ha ganado más de mil millones de dólares escribiendo, y Daniel Radcliffe (Harry Potter) el joven con mayor fortuna del Reino Unido. Pero los estadounidenses siguen considerando a esta saga como un producto fundamentalmente británico, por lo que llevan ya unos años buscando una alternativa genuinamente yanqui.
Las crónicas de Narnia, o la película que nos ocupa hoy son claros ejemplos de esta denodada lucha de la industria norteamericana por liderar el mercado del cine fantástico. Un puente hacia Terabithia narra la historia de un niño y su nueva compañera de clase, que se convierten rápidamente en los mejores amigos, pese a algunos contratiempos iniciales. La complicidad les lleva a crear un mundo de fantasía paralelo al real. En Terabithia serán los gobernantes, se enfrentarán a los poderes oscuros y conocerán a seres increíbles. El ambiente está excelentemente recreado, y tanto la fotografía como la interpretación de los niños es más que aceptable.Un puente hacia Terabithia es dinámica y entretenida, y sobre todo, una oda a la amistad. Katherine Paterson escribió la novela en 1976, tras la muerte del mejor amigo de su hijo, para tratar de ayudarlo a superar el dolor que aquello le causó. Y las cosas, cuando se hacen con cariño, suelen salir bien.