Un producto claramente para adolescentes, mediocre e imbécil, que en ningún momento consigue despertar una sonrisa, que apuesta a lo pegadizo, pero no logra salir de su insoportable levedad.
Cine de consumo rápido bien hecho
Excepto por diez minutos brillantes el resto no es más que una pantomina sin gracia. Sólo recomendada para los fieles seguidores de Sacha Baron.
Estamos ante una auténtica rareza que bien podría haber parido el iconoclasta David Lynch, un juego fallido entre realidad y ficción que se sirve de la propia naturaleza dual del cine como marco en el que desarrollarse