Cruel y bastante cruda. Tras hora y media de metraje, cuando llegas al final respiras, acompañado por un sentimiento de dolor, culpabilidad y deseo de que aquello que has visto en pantalla quede ahí y no vuelva a ocurrir.
La verdadera gozada de la película reside en disfrutar del estilazo de Tykwer tras la cámara. Esos primerísimos planos, esa soberbia recreación de la época, esas imágenes que casi hasta “huelen”...
Szabo cela con mimo su cultura socialista, el legado de la escuela rusa plasmado en planos fijos, cortos, en la austeridad del atrezzo y, sobre todo, en cierto reconstitutivo afecto por lo verbal sobre lo icónico. Cine político de mucha altura.
Las tres estrellas y no cuatro las he puesto por una simple razón: la película, por muy buena que sea, no me ha gustado tanto como esperaba. Sí, buena sí, pero un pelo decepcionante.
En la salida del cine, después de esos títulos de crédito con la preciosa canción I si canto trist, de Lluis Llach, la gente se sacaba las lágrimas con pañuelos (que ya llevaban preparados).
La película más impactante, realista, humana, conmovedora, valiente, trágica, intensa y directa de los últimos años.