El mundo mágico está bien construido y los efectos contribuyen, pero el mensaje explícito y esa horrible sensación de lo “demasiado visto” arruinan el entretenimiento.
Lo importante siempre es lo que subyace en su cine, esa delgada línea que separa y une la comedia del drama, la alegría de la tristeza, y que el excéntrico Anderson, como pocos, sabe manejar con suma inteligencia y un equilibrio poco común.
Lumet sabe dónde operar para marcar los diferentes puntos de vista de una misma secuencia, pero se pierde por completo en el horrible y agotador recurso con el que salta de un tiempo a otro, de un punto de vista a otro.
Un guión que acierta dosificando la información a lo largo del metraje, una vibrante y muy correcta dirección y un mejor montaje, son los instrumentos principales de esta película.
Desde el timing ideal hasta las justas dosis de entretenimiento y reflexión, adecuadas para una película mayor en una cinematografía algo despareja, pero siempre original, de dos hermanos que viven reinventando y cruzando géneros cinematográficos.
Una producción pobre, carente por completo de un argumento sólido, y solo enriquecida por buenos efectos especiales, y algunos momentos graciosamente fascistoides.
El guión cae al comienzo en sucesivos golpes bajos, para luego reponerse de estos y salir adelante con espíritu esperanzador y muchos diálogos cargados de buen humor.
Juno, la película, no busca constantemente la corrección política. Por el contrario, se sube a caballo de su personaje y deja que éste lo lleve por caminos sinuosos, aunque cargados de honestidad y de sinceridad.
Es de esas películas que van mucho más allá del entorno que la ha gestado, y cala hondo en las fibras del público mundial, por tratar con sinceridad y sin estridencias un tema complejo, tortuoso y universal, con valores y méritos propios y auténticos
El punto de vista lateral al conflicto es lo que la hace más interesante que otras producciones con el mismo disparador.
Una película con muchos aciertos, el principal, tocar un tema duro y complejo con la sensibilidad necesaria que este requiere, y sin caer en maniqueísmos facilistas.
Lo mejor y más simple que puede dar el cine cuando pone en escena a dos buenos actores interpretando un más que provechoso guión.
Sokurov vuelve con otro film sobre relaciones familiares, un drama convencional, ajeno a sus propuestas estéticas más radicales.
Cabe preguntarnos qué está haciendo Hollywood con las actrices de cuarenta.
Apasionado acercamiento de Temple a la mística de un personaje muchas veces inaprensible.
Una película inteligente, con algunos visos de comedia, y algunas fallas propias de un guión que sabe arriesgarse.
Una película muy mal filmada, sin un solo criterio claro de dirección, con algunos gags previsibles.
Darabont se mete con el cine de terror, pero comete sendos traspiés al navegar sin rumbo entre el cine clase b y su propia forma de entender la dirección.
Kolirin prefiere quedarse en la sencilla, pero no por ello menos interesante, y mucho más tierna, anécdota que da pie a la película.
Del limbo no es tan fácil volver, y como se suele afirmar, del ridículo tampoco.