Todas sus carencias quedan minimizadas por un ritmo portentoso, unos efectos especiales solventes, y unos personajes que cumplen sobradamente con su cometido, que no es otro que el de entretener, hacernos reir y pegarse leches.
Una película perfecta, una obra maestra imperecedera del cine de todos los tiempos que, vista hoy, conserva todas las virtudes que tenía el día del estreno y alguna más.
Spielberg toca cumbre con Indiana Jones en su búsqueda del Grial y estamos frente a una película de aventuras de sobresaliente en todos sus apartados, capaz de sacar los colores a cualquier otra del mismo género en los últimos veinte años.
Ni para el videoclub.
Los problemas de Speed Racer no son pocos. Esa estética kitsch llega a saturar en un momento dado solo por acumulación. Otro tema es su duración que atenta contra los infantes.
Existen muchos directores con ganas de innovar, con ideas originales y con ganas de demostrar que son capaces de elevar el lenguaje cinematográfico un escalón por encima de la media, pero no todos tendrán tanta suerte como el argentino Esteban Sapir.
Extraño relato de conexiones entre desconocidos que adolece de una puesta en escena demasiado fría, en contraste con el sentimiento optimista, esperanzador que ofrece su peculiar historia de coincidencias espirituales.
Es algo mejor de lo esperado pero no deja de ser simplemente correcta y creo que los elogios recibidos se deben más a las bajas esperanzas artísticas depositadas en ella que al resultado final.
Una obra maestra de Arthur Penn, rodada magistralmente con bellísimos encuadres, cuya escena final es una de las más conocidas de la historia del Cine.
Se consigue el espíritu de las películas anteriores, pero pese a la gran nostalgia de ver a Indy en pantalla grande, el exceso de CGI y alguna que otra cosa rara e innecesaria en el guión y en la trama, casi hacen que la vuelta de Indy fuera amarga.
La Antena es un experimento interesante, arriesgado e inquietante con una estética muy cuidada, una cinematografía perfecta y una iluminación y decorados brillantes para adornar la historia de La Ciudad Sin Voz.
Parece que aburrido de aburrirnos con el culebrón Saw, James Wan ha decidido cambiar de registro para ofrecernos una película de venganzas, tiros, persecuciones y sentimientos muy muy primarios.
El incendio del final es totalmente dantesco, con toques de necrofilia en un conjunto donde destacan los ambientes sórdidos, valiéndose de una excelente fotografía y banda sonora.
Esperanza, a pesar de todo.
Muy interesante film francés de intriga, muy bien realizado e interpretado, gracias a un medido guión donde los diálogos, fundamentales en una película donde el interrogatorio a un sospechoso es la principal baza, son excelentes.
Entretenida y poco más. Los excesos del CGI y las obsesiones de Spielberg casi acaban con uno de los mayores iconos del cine de aventuras de todos los tiempos, en una película que aprueba más por la devoción y la nostalgia que por méritos propios.
La habilidad de James Stewart ante juez y jurado era del mismo nivel que su capacidad para mantener a la blusa de Lee Remick –que parecía a punto de estallar- lejos de su espacio vital.
Vista hoy en día, la película aún conserva toda su fuerza y todo el suspense. Aldrich no deja que el espectador se relaje ni un minuto y todavía se guarda una sorpresa final que, sin duda, es lo mejor de la cinta.
La delicadeza del realismo mágico inunda todos los planos y cada pequeño indicio que aparece a lo largo del metraje adornando las virtudes y las debilidades de todos los protagonistas.
Tarda sus buenos minutos en parecerse de verdad a un western, pues hasta pasados cuarenta minutos apenas hay más que carreras de caballos. Sin embargo, pronto los acontecimientos se suceden con gran agilidad, apareciendo los tiros, golpes…